sábado, 6 de mayo de 2017

El corazón delator de Edgar Allan Poe

Poe es muy conocido por tocar temas algo sombrios y ocultos para el hombre. También porque con sus relatos, por lo general cortos, logra describir de manera muy precisa lo más interno de la mente.

Ya se vio esto último en "El gato negro"  y evidentemente podemos hacer un paralelismo con El corazón delator.  De hecho, ambas obras tienen mucho en común, pero se puede mencionar especialmente como cada protagonista termina delatandose así mismo del crimen que cometió. 

Por ahora, el cuento en cuestión:

***
El corazón delator

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
***


Nueva encuesta: El libro o la película

Hace tiempo que no actualizabamos la encuesta y finalmente ha llegado la hora. La nueva encuesta la encontrarás como siempre en la parte superior de la barra lateral derecha. Esperemos tu voto.


jueves, 4 de mayo de 2017

Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges

A continuación le presentamos el cuento Las ruinas circulares del argentino Jorge Luis Borges. ¿El análisis? Habrá que esperar un poco, pero cuando esté listo, se hará saber.

***
RUINAS CIRCULARES
Jorge Luis Borges

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

Recomendación de la semana: Las cuitas del joven Werther

El amor está en todos lados y se presenta de muchas maneras según sea el caso. En esta oportunidad, para estrenar una nueva modalidad en el blog, queremos presentarle una historia de amor muy pecualiar: Las cuitas del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe.




viernes, 4 de marzo de 2016

Actualmente leyendo: Crónicas marcianas de Ray Bradbury

¡Hola de nuevo!

Hace ya más de 5 años que quería ponerme a leer Crónicas Marcianas, pero hasta ahora no había tenido el suficiente interés ni la oportunidad. Finalmente, el tiempo ha llegado y decidí desempolvar el pequeño ejemplar que tenía prácticamente desde que empezó este blog.

Debo decir que esta novela me gusta mucho, y no porque este tipo de historias sean mis favoritas, sino porque el "Verano del cohete", primer capítulo de esta obra literaria, tiene una esencia especial que me atrapó de inmediatamente. Así que dicho eso, como es de suponer, espero traerles un pequeño análisis del libro tras terminar de leerlo.

Hasta entonces.

martes, 1 de marzo de 2016

Liubliana - Eduardo Sánchez Rugeles

En esta oportunidad les vengo a presentar un libro muy peculiar, un libro proveniente del talento literario de mi cálida tierra: Venezuela. No estoy seguro si ya habrás escuchado hablar del autor o del libro, pero no importa. Una cosa es segura: "Liubliana" es un libro que viene a demostrar que por las arterías de Venezuela, no importa específicamente en que región, corre sangre literaria.

Pero primeramente, quiero mostrarles un pequeño cuadro resumen con la información esencial, incluida la sinopsis disponible en la contraportada del libro.

Liubliana 
(2da edición)
Autor: Eduardo Sánchez Rugeles
Páginas: 335 (incluida notas del autor e índice)
Editorial: Bruguera
ISBN: 978-980-6993-90-7

Liubliana es el nombre de un ciudad, pero también el recuerdo de una pasión; el escondite secreto en el que confían los desesperados; el único reducto esperanzador. Liubliana es todo eso y mucho más. Como el libro que tiene el lector en sus manos: sinergia de la vida, amalgama de lo humano. Este gran relato es un aeropuerto desbordado de historias cruzadas y saturado de imágenes imborrables, una montaña rusa de emociones, un caleidoscopio de vivencias pasadas. Liubliana es una trepidante historia de amor fou en varios tiempos y lugares. Hay en ella la melancolía y la nostalgia propias de toda la historia de crecimiento. Pero también hay humor e ironía a raudales. Y tragedia. Y thriller. Y el retrato de una época plagada de seres que han sido arrancados de su entorno de manera abrupta y que no han sabido manejar ese destierro. Esta gran novela coral es un compendio narrativo que le reportará a este escritor venezolano la consagración definitiva. .

***

Leer Liubliana es ponerse en al piel de un venezolano y vivir el día a día. No, no estoy siendo sentimental; la novela fue escrita por un venezolano y no es de extrañar que se plasmen situaciones que solo alguien nacido en la tierra de Bolívar podría entender completamente.

Liubliana cuenta la historia de Gabriel Gerrero, un joven que creció en el barrio de Santa Mónica, en Caracas, rodeado de la clásica vivencia juvenil. A Gabriel no le gusta mucho su tierra natal y es por eso que un día decide irse, vivir y trabajar en un entorno diferente al que ya ha tenido que soportar. Pero una vez que está fuera, especificamente en España, y con un matrimonio que parece feliz, Gabriel se da cuenta que el mundo es muy diferente y mucho más cruel de lo que esperaba.

La novela entonces se levanta como una receta segura para el destierro y el exilio de los personajes. Liubliana aunque tiene sus momentos de humor, romanticos (aunque este no es el fuerte, claro está) y de reflexión, profunda reflexión, también está inmerso en una tragedia sin limites; se transforma en una critica a la decadencia de no solo un pais, sino de la humanidad, y de como una nueva generación de jovenes ven sus vidas condenadas a la angustia y el fracaso.

Para plasmar todo esto, Sánchez Rugeles, se vale de cortos y contundentes capítulos con abundancia de monólogos pero poco diálogo y descripción. La historia sufre saltos en la linea temporal, yendo de un lugar a otro- a veces abruptamente y sin decirle nada al lector- como si fuese una pelicula. Sin embargo, es fácil indentificar las tres etapas cruciales de la vida del protagonista:

1. La infancia en Caracas junto con sus amigos. Una época que está plagada de alegría de la juventud y su ya tan rara inocencia y que se ve manchada súbitamente.

2. Sus años de matrimonio e intento de un trabajo exitoso en Madrid, España.

3. El final irremediable en Liubliana, luego de que Gabriel lo ha perdido todo.

Pasando a mi apreciación personal, creo que la novela está bien lograda. Su lenguaje es muy coloquial y no por eso deja de ser impecable; de hecho, el libro está lleno de mucha jerga criollísima, una que todo venezolano reconocerá a leguas de distancia.

El argumento es  sólido y obviamente bastante fatalista para todos. Es evidente que Sánchez Rugeles quiso darles un terminal amargo a casi todos sus personajes, algunos cuya vida acaba en la muerte, otros porque quedan marcados por el trauma, otros porque no logran lo que se habían propuesto.

Es en este punto me toca hablar de los personajes. Hay muchos, algunos me gustan más que otros, e incluso algunos son mis predilectos, como Mariana Briceño, cuyo constante acidez me fascina, pero sobretodo porque siempre trataba de hacer aterrizar a Gabriel con sus dolorosas verdades, y el viejo Vivancos, que era un personaje de lo más dulce; sentí mucha empatía por este anciano que recordaba todo sobre Santa Mónica.

Intensa fue la tristeza que sentí cuando Mariana fue masacrada y Vivancos, el viejo que recordaba todo, terminó perdiendo la memoría por culpa del Alzheimer, una muy cruel ironía. Y al igual que con estos dos, todos los demás personajes terminaron de cierta forma no de la mejor manera.

Pero mención especial hay que hacer a Gabriel Guerrero, el personaje principal. Este hombre no puede ser más terco y obstinado porque si no sería ridículo, pero en serio, no puede ser que alguien en la vida sea tan intenso y porfiado. Su enfermiza obsesión por Carla Ramírez, una relación muy apresurada y que no entendí, era como una patada en el estómago, pero lo comprendo totalmente. Ese comportamiento suyo tendría que ser quizás porque su madre no era la mejor mamá del mundo, pero quien sabe.  Lo que sí es cierto es que al final de tanto pedalear, Gabriel terminó siendo lo que se había propuesto; el no quería ser alguien en la vida, su mayor anhelación era ser un hombre común y corriente y vaya que lo consiguió.

Los otros personajes de la historia no captaron mucho mi atención, ni siquiera Carla, de la que Gabriel se enamoró tan perdidamente. De verdad, me pareció muy precipitado todo entre ellos. Buscando una explicación lógica tengo que decir a su favor que ambos eran jóvenes y (casi) todos los jóvenes quieren irse desbocados por la vida.

Hablando de juventud, es evidente cuando lees las líneas de Liubliana, que es obra de un alma jóven. Su intención está muy ligada a la necesidad de los venezolanos de buscar oportunidades en otra parte, oportunidades que su tierra natal no les brinda. Esa necesidad trae como consecuencia la fuga de muchas talentos jóvenes que se van a otros territorios porque en su criterio, en Venezuela nada sirve. En la novela, Guerra es un obsecado cuando repite que su país no sirve y que los conocidos y amigos de su barrio son unos buenos para nada.

Resulta por tanto en una profunda reflexión, y un gran movimiento por parte del autor, cuando en el funeral de la Nena Guerrero, su madre, los que asisten y cargan la urna son esos "buenos para nada" o "sin futuro". Allí frente a sus ojos, los que se paran son los que una vez menospreció, los mismos que se quedaron en su país, quizás porque no podían irse, pero que luchan como muchos otros venezolanos más que aún creen en su tierra.

Ya hacia al final de la historia, llega lo que a mi criterio es mi parte favorita de toda la obra. Cuando Gabriel va a Liubliana y camina por las calles heladas recordando todos sus amigos y conocidos, mis ojos se llenan de lágrimas. Y casi no puedo evitar la profunda melancolía que siento cuando recuerda ese viejo partido de futbol en el que "los perdedores debían brindar los perros calientes". Su victoria sobre un simple partido de futbol callejero, está lleno de significado y es por eso que cuando se sienten los campeones del mundo, no es solo un título, es la forma que usa el autor para mostrar que el momento más feliz en la vida de Guerrero fue y siempre será su niñez junto con ese monton de "carajitos" de su barrio. Porque para la vida de los adultos que mucha veces no es lo que se esperaba, como resulta para el protagonista, los mejores momentos son la juventud, en los que eramos felices y no lo sabíamos.

Mi puntuación:
****°
4 de 5

Lo mejor: -La narración tan elegante y reflexiva
- La facilidad para identificarse con muchas de las situaciones planteadas

Lo peor: -La precipitada relación entre Carla y Gabriel


**


Recomiendo que se lea Liubliana con la mente muy abierta a la reflexion y sobre todo estar preparados para revelaciones chocantes y en el caso de los venezolanos, sentirse identificados aunque sea un poco.




sábado, 27 de febrero de 2016

¿Quieres que continuemos actualizando el blog?

Sé que han pasado  más de dos años desde que se publicó un análisis en este blog y a propósito de ello quiero decir tres cosas.

 Lo primero es pedir disculpas por si alguien esperaba que se siguiese actualizando el blog. También a los que hicieron preguntas en los comentarios y jamás recibieron respuesta.

Segundo -quizás como una especie de excusa- nuestras perspectivas han cambiado; ahora, tanto J.D. como yo estamos ocupados en la universidad y demás asuntos privados, por lo que prácticamente se nos ha hecho difícil poder dedicarle tiempo el blog... y de hecho, hasta se nos ha ido olvidando y perdiendo el interés porque ahora nuestras carreras ocupan el primer lugar de importancia.

Y finalmente, tercero, y posiblemente,  lo que en verdad les importa: he colocado una nueva encuesta (pueden verla en la columna superior derecha del blog, justo al lado de esta entrada), que espero respondan para así tener una idea de si en verdad hay gente interesada en la continuación de este proyecto.

Conforme a las respuestas recibidas, tomaremos una decisión.

Hasta la próxima.