jueves, 27 de marzo de 2014

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viernes, 6 de septiembre de 2013

Robinson Crusoe de Daniel Defoe

Robinson Crusoe (Daniel Defoe)
a.      ELEMENTOS DE LA HISTORIA
Tema: las aventuras de Robinson Crusoe en una isla desierta, el carácter ingenioso del ser humano para sobrevivir.
Personajes:
-Principal: Robinson Crusoe
-Secundario: Viernes
-Circunstanciales: Muley, Xurí, el padre de Viernes,  Christianus el español, y el capitán inglés cuya tripulación se amotinó.
-Referenciales: hay muchos personajes que hacen relleno en la historia. Los más relevantes son: la familia de Robinson (padre, madre, hermanos), sus amigos y compañeros, los distintos marineros (capitán,contramaestre, etc), los piratas,  el sultán de Marruecos que esclaviza a Robinson, los negros salvajes de la costa africana, los plantadores, comerciantes, los caníbales de la isla desierta. Los marineros Will Atkins y Tom Smith.
Secuencia
-          Robinson Crusoe huye de la casa de sus padres en busca de aventuras en el mar.
-          En uno de sus viajes es atacado y esclavizado.
-          Logra escapar de sus captores y emprende un viaje para organizar su vida.
-          En un nuevo viaje, naufraga en una isla del Caribe cerca del río Orinoco. Es el único sobreviviente.
-          En la isla pasa por muchas tribulaciones para subsistir y se pone a prueba su ingenio.
-          Después de muchos años es rescatado de la isla y rehace su vida en la sociedad.
Espacio físico: la mayor parte de la historia se desarrolla en una isla desierta del Caribe, cerca del río Orinoco.
b.      ASPECTOS DEL DISCURSO
Plano narrativo: es cíclico debido a que el personaje principal cuenta su historia en pasado.  En ciertas ocasiones rememora otros hechos anteriores a los que ya está relatando; por lo tanto hay una ruptura en el tiempo en modo de regresión.
“Una vez más recordé las certeras palabras de mi padre cuando me dijo que la miseria y la desgracia serían el fruto de mi desobediencia”
Punto de vista narrativo: es desde adentro, es decir, en 1era persona.
Perspectiva narrativa: es desde el protagonista pues es quien relata lo que le sucede.

c.       REGISTROS DEL HABLA
Se encuentran los siguientes:
-Narración: en donde se relata un hecho real o imaginario. Robinson Crusoe, relata la historia de un personaje imaginario que cuenta sus aventuras en una isla.
“Un día iba caminando por la playa hacia mi canoa, distinguí claramente impresa en la arena la huella de un pie humano. El susto me dejó petrificado, lo mismo que si me hubiera encontrado con un fantasma o hubiese herido con un rayo.”
-Descripción: aquí se enumeran los rasgos de un personaje o las características físicas que posee un animal o un objeto.

“[…] era una especie de leopardo, de sorprendente belleza por las manchas de su piel y la esbeltez de sus miembros.”
-Diálogo: donde se establece una conversación entre dos o más personas.
“—Si nos dan cuartel nos rendiremos —dijo Tom Smith.
—No sé. Voy a preguntárselo al capitán.”
-Monólogos: es la conversación que sostiene un personaje consigo mismo.
“«¡Si quedara alguien! —exclamaba—. ¡Si al menos se hubiese salvado uno solo!» Con esta esperanza empecé a hacer los preparativos necesarios.”»
No se presentan casos de epístolas.

d.      RECURSOS EXPRESIVOS SEMÁNTICOS
Se aprecian las siguientes:
-Antítesis: pues se hayan frases o palabras que se contraponen a otra de contraria significación.
Este descubrimiento me llenó de alegría, aunque luego amenguó mi contento […]”
-Hipérbole: es engrandecer o empequeñecer una característica de alguien o algo.
“[…] el cariñoso loro vino a posarse sobre mi muñeca y empezó a charlar hasta por los codos lleno de contento […]”
-Símil: comparación entre dos o más elementos con nexo comparativo.
“[…] el mar en calma brillaba como una luciente esmeralda bajo la caricia del sol.”
-Metáfora: al igual que el símil, este recurso es una comparación entre dos o más elementos con la diferencia de que no hay un nexo comparativo.
“Así estuve devanándome los sesos durante mucho tiempo.”
-Hipérbaton: consiste en el cambio del orden normal de las palabras en la frase.
“Le pregunté en qué pensaba, y me dijo:
—Yo ver igual piragua venir a mi tierra.”
-Humanización: cuando se le atribuyen características propias de los humanos a los animales, plantas y objetos inanimados.
“[…] el cariñoso loro vino a posarse sobre mi muñeca y empezó a charlar hasta por los codos lleno de contento por haberme encontrado después de tan larga ausencia.”

No se presentan casos de epítetos ni perífrasis.

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Acerca del autor
Daniel Defoe

lunes, 26 de agosto de 2013

Los vecinos mueren en las novelas (Sergio Aguirre)

Le traemos un análisis de Los vecinos mueren en las novelas de Sergio Aguirre, escritor argentino nacido en 1961. 

La presente novela es una opción interesante, especial para pasar un buen rato leyendo. J.D. se dedicó a realizar el mencionado análisis.

Sin más que decir, acá está.

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Los vecinos mueren en las novelas

1.      ELEMENTOS DE LA HISTORIA
-       Motivo: la novela se desarrolla conforme se cuentan relatos , especialmente contados por el personaje de la Sra. Emma Greenwould.
-       Secuencia:
. John se muda junto con su esposa Anne al campo.
. Anne recibe una llamada de su padre y se marcha.
. John se dirige a la casa de su vecina, la señora Emma Greenwould.
. Ambos se presentan y ella le empieza a contar a John historias de su pasado.
. La señora Greenwould le revela todo su plan a John, con detalles.
-       Personajes:
. Principal: John Bland
.Secundario: Emma Greenwould (también funge como antagonista de la historia)
. Circunstanciales: Anne, Robert, Julie.
. Referenciales: el supuesto padre de Anne, la mujer con el bebé en los brazos, la señora Hocken (la cocinera), los señores Garfield, el cura, Helen (la esposa de Robert), los ancianos que pasan por el lado de la señora Greenwould, el amante de Anne, los guardas del tren, el hombre rubio que se encontraba leyendo un libro y la voz.
Espacio físico: la historia se desarrolla en las afueras de Chipping Campden, en la casa de la señora Greenwould.
2.      ASPECTOS DEL DISCURSO
-       Plano narrativo: es cíclico debido a que a medida que se desarrolla la novela, hay diversas rupturas en la línea de tiempo. Los personajes, del presente se van al pasado (retrospección).
Bien, lo que voy a relatarle me fue referido por una mujer con la que compartí un viaje en tren a Edimburgo, en una noche que siempre recuerdo muy larga, en mil novecientos cincuenta y cuatro.”
-       Punto de vista narrativo: la narración es desde afuera, es decir, en 3era persona ya que el narrador no está presente dentro de la historia al momento de relatar los hechos:
“Cada vez que se mudaba de casa, John Bland tenía la costumbre de presentarse a sus vecinos. Así lo habían hecho siempre sus padres y le parecía que si no realizaban esa visita de cortesía, algo faltaba para establecerse en su nuevo hogar.”
-       Perspectiva narrativa: el narrador es omnisciente, pues conoce absolutamente todo lo que sucede en la historia que se relata:
“[..] agregó John mientras comenzaba a sentir un leve hormigueo que subía por sus piernas.”
-       Formas expresivas o registros del habla: en Los vecinos mueren en las novelas, se encuentran la narración, la descripción y el diálogo. En el caso de la narración, obviamente porque se relata un hecho que bien puede ser real o imaginario (en este caso, imaginario):
“Miró fugazmente a la mujer que a su vez lo observaba y le dijo:”
También se resaltan las características físicas que poseen los personajes (descripción):
“Ante mí, veía una horrenda careta de piel tirante y escamosa. Brillante y surcada de estrías rojas que parecían tener vida propia, como unos finos gusanos desplazándose en una materia putrefacta y sanguinolenta. Unos ojos inmensos bajo dos telas carnosas que asemejaban los párpados me miraban.”
Por supuesto también hay interacción entre los personajes mediante el diálogo:
“—Disculpe, ¿se encuentra usted bien?
—Sí…
—Lamento haberla asustado.
—Está bien, es la oscuridad, eso es todo.
—Oh, sí…”
No se presentan casos de monólogos (cuando los personajes hablan consigo mismos) ni epístolas (redacción de alguna carta).
3.      RECURSOS EXPRESIVOS SEMÁNTICOS
Se encuentran los siguientes:
-       Antítesis: contraponer una frase o palabras a otra de contraria significación.
“Las sales de bario son algo lentas, pero efectivas […]”
-       Hipérbole: engrandecer o empequeñecer una característica o cualidad de algo o alguien.
“Ante mí, veía una horrenda careta de piel tirante y escamosa”
-       Símil: comparación entre dos o más elementos con nexo comparativo.
“[…] Brillante y surcada de estrías rojas que parecían tener vida propia como finos gusanos desplazándose en una materia putrefacta y sanguinolenta”.
-       Hipérbaton: inversión del orden lógico de las palabras en el discurso.
“—¡No!, ¡así tú estás bien, no yo!
-       Perífrasis: rodeo de palabras para expresar una idea.
La señora Greenwould le realizó una perífrasis a John Bland al contare dos historias en donde ocurren varios asesinatos con el fin de ganar tiempo; de modo que al concluir la visita le revela al joven sus verdaderas intenciones:
“—Debo matarlo, señor Bland.”
Desde un principio ese era el plan de la anciana y realiza un rodeo de palabras antes de decírselo.




sábado, 24 de agosto de 2013

La cúpula - Stephen King


"La gran cantidad de páginas y personajes no es lo único que es considerable en esta novela."
La cúpula

Título original: Under the Dome
Autor: Stephen King
Género: Terror
ISBN 978-84-9989-109-5
Precio: 10,95 

Sinopsis: La cúpula cuenta la historia de los habitantes de la ficticia ciudad de Chester's Mills en Maine. En medio de un otoño muy agradable a finales de octubre, una especie de barrera invisible cae sobre los límites del pueblo trayendo desastres y mucha angustia para todos. La inesperada cúpula causa que una avioneta se desplome en los aires, matando a dos personas y corta a una marmota por la mitad como si fuese una guillotina. Pero eso no es todo, su presencia también se cobra la vida de muchas más personas tras accidentes de auto y tragedias variadas. Dale Barbara, quien deseaba irse del pueblo se ve frustrado cuando la barrera se lo impide y en cambio debe quedarse junto a las demás personas que tratan de averiguar qué sucede. Es así como los desafortunados habitantes deben enfrentarse a la desesperación y el miedo, dispuestos a llegar al fondo del asunto y esforzándose para que la extraño fenómeno de la barrera invisible no los mate primero.

Crítica:
El libro en sí no es la obra más solemne de King, ni tampoco entra al grupo de sus obras más destacadas, pero la cúpula es una novela bastante completa. Si no te importa la gran cantidad de personajes y sientes que no te perderás, entonces adelante. Hay algunas escenas que por su naturaleza y la forma en la que narra King te harán esbozar una sonrisa. Pero también hay otras escenas que en muchos casos no son aptas para todo público, ya que algunos le pueden disgustar. Pero hay que estar claros, el horror está presente en la novela. Con el mero hecho de que una cúpula de repente encierre a un pueblo y cree los estragos, está más que claro. 

La narración es el trabajo mejor hecho en esta novela. Seguro que tendrás más que de una parte favorita, que puede estar tan solo compuesta por unas pocas palabras. La novela también está llena de referencias a personajes ficticios conocidos, solo por mencionar, Gregory House, Harry Potter, etc.

Algo que también hay que reconocer es que King supo plasmar muy bien el comportamiento de un pueblo ante la semejante masacre que los afecta. No resultará difícil comprender las acciones de los personajes, porque de una manera muy fluida vemos qué lleva a una cosa y otra.

El final es quizás un  poco flojo, en mi opinión, pero sin duda esconde un gran mensaje.

Esta novela es una buena opción, no la mejor, repito. Pero de gustos y colores no han escrito los autores.

Si ya has leído la novela, comparte tu opinión en los comentarios. ¿Te gustó?






jueves, 11 de julio de 2013

Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo 2013

Del 12 al 20 de octubre del presente año se estará llevando a cabo la decimocuarta Fería Internacional del Libro Universidad de Carabobo (FILUC), un magno evento literario con trece años de trayectoria que a lo largo de su historia ha contado con un gran respaldo del público. Hoy por hoy se trata de un encentro muy especial para los amantes de la literatura y las casas editoriales que pueden ofrecer sus productos al público.

En esta oportunidad la feria se estará realizando en el estacionamiento del centro comerical Metropolis, ubicado en la Autopista Regional del Centro, Municipio San Diego, Estado Carabobo, Venezuela.

Por tratarse de una oportunidad muy especial, te invitamos a compartir la experiencia visitando la feria en cualquiera de los días que estará disponible.

En Corriente Literaria, haremos nuestro esfuerzo por ir y traer la mejor información al blog.


Sugerencias

¿Sobre cuál tema te gustaría leer en nuestras próximas entregas? Esa es la pregunta que te hacemos como lector.

En estos momentos no contamos con un plan específico sobre temas que analizar, por lo que estamos abiertos a cualquier oportunidad. Así que si tienes alguna sugerencia, déjala en los comentarios.

Seguro que tienes alguna obra literaria de tu interés, pues compártela con nosotros.

lunes, 15 de abril de 2013

El gato negro de Edgar Allan Poe (Análisis)

Le presentamos el peculiar cuento de Edgar Allan Poe titulado "El gato negro" ("The Black Cat"), uno de los relatos más espeluznantes de la historia literaria.

***

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen delpatíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!


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Este relato no es tan conocido como otros del autor, pero es uno de los más llamativos de su producción. Fue publicado en el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia el 19 de agosto de 1843. En este se narra la historia de un hombre que vive junto con su esposa, y varios animales, entre los que destaca un gato. Es una vida bastante hermosa pero la bebida hace sus estragos y la historia se va haciendo cada vez más precipitada.

Poe examina la psicología humana profundamente, describiendo con su narrativo los más profundos procesos del interior de la persona, esos sentimientos que pueden surgir en cualquier momento como respuesta a un acontecimiento. En su cuento, el personaje es usado como un vehículo para representar las consecuencias que puede traer el abuso de alcohol. El narrador cuenta como gracias a la alcohol su vida se fue transformando poco a poco, dando lugar a a su trastorno y a la aparición del  desprecio hacia al animal, así como  las actitudes impulsivas e iracundas.  Ciertamente el narrador hace alusión a su gran amor por los animales, pero gracias a su vicio, este afecto da un giro de 180 grados y termina en rencor, alimentado por el desespero y la intolerancia,  lo que lleva incluso a actitudes perversas y que ponen en duda la integridad mental del individuo.

Precisamente, las actitudes que toma el hombre no son de una persona sana mentalmente. Pero es que su caída en las manos del alcohol, no le permite actuar como es debido. La actitud sádica e impulsiva y los deseos de deshacerse del animal de la forma en que lo hace dan muestra de su falta de lucidez.  El gato sólo era un animal común y corriente, pero no para su ya dañado juicio, y eso es lo que lo lleva a hacer lo que hace.

El hombre termina ahorcando al animal, para darle fin a todo su sufrimiento. Pero no todo lo extraño termina allí, en cambio se hace mucho más extraño con la aparición de extraños acontecimientos luego de ello. Su casa se incendia y el gato es encontrado dentro de la habitación. Aunque impactado al principio, el hombre termina por convencerse en pensar que alguien debió haberlo utilizado para despertarlo  a él y a su mujer mientras su casa estaba en llamas.

Cuando aparece el nuevo gato en la vida del hombre, un hecho misterioso, la historia se repite. Los mismos deseos embargan al hombre y le dan la idea de deshacerse ahora del nuevo gato. Pero las consecuencias de su intolerancia hacia el animal terminan en un peor escenario: cuando su mujer se atraviesa en el medio, su actitud perversa y sádica hace que se descargue con ella y la asesine. Ya en este punto, el horror se hace evidente en la historia.

Son ya dos acciones desmedidas como consecuencia de su locura, pero el hombre no se preocupa realmente por ello y esconde el cadáver de su mujer en la pared. Cuando más tarde es visitado por los fiscales para investigar la "extraña desaparición" de su esposa, su actitud serena se vuelve de vital importancia para tratar de convencer a los policías que todo está bien. Pero al final el mismo termina por descubrirse a si mismo, tras hacer que la pared se rompa y con ello libere el cadáver y, con un chillido "infernal" como el dice, el gato que tanto problemas le ha traído.

En este punto del relato la aparición del animal guarda relación con lo estipulado al principio: los gatos son en verdad en brujas disfrazadas. Bruja o no, lo cierto es que el gato termina convirtiéndose en una especie de castigo del que no puede deshacerse y lo que demuestra que le ha sido imposible salir ileso de sus incorrectas acciones. Es por ello, que las palabras con las que termina el relato, no pueden ser más significativas: <<había emparedado al monstruo en la tumba>>

Otro punto importante que hay que notar es que, en contraste, este relato tiene características que lo hacen similar al corazón delator, otra de las obras de Poe. En ambos relatos, el narrador cuenta la historia de lo que le sucedió; hay la presencia de un detonante que trae como ln consecuencia la actitud del personaje, en el corazón delator, se trata del ojo del anciano. Finalmente, hay un abrupto desenlace que termina por sacar a luz sus sucias fechorías (el latido del horrible corazón del anciano, en el caso del corazón delator).

Ambos son relatos prácticamente hermanos, que nos muestran de una manera un tanto espeluznante, cuáles pueden ser las consecuencias de las no tan sanas actitudes del ser humano.


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¿Y a a tí que te pareció el relato? ¿Hay alguna otra forma de comprender la psicología humana?